Xi Jinping: el legado autoritario que Deng Xiaoping allanó para China

Xi Jinping en un discurso oficial con gráficos de 983.000 sanciones por corrupción en 2023, reflejando el control absoluto del Partido Comunista

Poder absoluto: Xi Jinping consolida su liderazgo con un récord de 983.000 sanciones por corrupción en 2023.

El 17 de enero, el organismo anticorrupción del Partido Comunista anunció un hito: 983.000 personas fueron sancionadas el año pasado, la cifra más alta en la historia del régimen. Más que un gesto de mano dura, este dato refleja la transformación de China bajo el mandato de Xi, donde el «Pensamiento de Xi Jinping» se ha integrado en la constitución y los funcionarios juran lealtad al líder como «núcleo» del partido. Los estudiantes memorizan sus discursos, y el quinto volumen de sus obras sobre gobernanza se publicó en 2023, normalizando un culto a la personalidad que antes solo se asociaba a Mao Zedong.

El cambio de rumbo es evidente. Antes de Xi, China seguía la senda de Deng Xiaoping, marcada por la «reforma y apertura» de 1978. Pero desde 2012, el país entró en la «Nueva Era», un término oficial que académicos como Minxin Pei prefieren llamar «contrarreforma». La diferencia es clara: mientras Deng buscaba modernizar la economía sin debilitar al partido, Xi ha priorizado el control ideológico y político, incluso a costa del crecimiento.

Deng y Xi: dos caras del mismo autoritarismo

El libro «El Sueño de China Rota», de Minxin Pei, desafía la narrativa de ruptura entre ambos líderes. Según Pei, Deng sentó las bases para el ascenso de Xi con decisiones clave, como la falta de límites de mandato en la cúpula del partido. En los 80, Deng evitó establecer reglas claras para no debilitar su propio poder, una omisión que Xi explotó en 2018 al eliminar el límite de dos mandatos presidenciales. Hoy, a mitad de su tercer período, Xi parece encaminado a gobernar de por vida.

Aunque Xi ocupa tres cargos —jefe del partido, líder militar y presidente—, solo este último tenía límite de mandato. Pero incluso esa restricción era simbólica: Jiang Zemin demostró en los 2000 que podía retener el control militar tras dejar otros puestos. Para Pei, la abolición de los límites era «un accidente inminente», dado el vacío normativo heredado.

Economía: mercados al servicio del partido

Deng se presentaba como un reformista económico, pero su objetivo nunca fue el capitalismo. Su meta era usar el comercio y la inversión para fortalecer a China, no para liberalizarla. Las reformas de Deng dejaron intacto el control estatal sobre sectores clave: finanzas, energía, telecomunicaciones y transporte. Xi ha profundizado ese modelo, cortando el crédito a promotores inmobiliarios y apostando por semiconductores, demostrando que el sector privado —por próspero que sea— debe someterse al partido.

La paradoja es que el éxito económico de China redujo los incentivos para cambiar. Cuanto más crecía el sector privado, menos urgente era reformar el sistema. Deng aseguró que el partido mantuviera las «alturas dominantes» de la economía, y Xi las ha usado para imponer su visión: «Ser poderoso es glorioso».

Contexto histórico: caos vs. disciplina

Deng gobernó tras el caos de Mao, con líderes revolucionarios que limitaban su poder. Xi, en cambio, heredó un partido «inerte e indisciplinado» por décadas de éxito económico. Su diagnóstico: China necesitaba un líder fuerte para restaurar el orden. Y lo ha logrado, arrasando con facciones rivales y centralizando el poder como nadie desde Mao.

Pei sugiere que Deng habría envidiado la libertad de acción de Xi. Los críticos acusan a Xi de hacer retroceder a China, pero el problema real es que Deng y sus sucesores nunca la llevaron tan lejos como se creía. El autoritarismo siempre estuvo ahí; Xi solo lo hizo más visible.

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