Juicio histórico en Siria: el primer lugarteniente de Assad enfrenta justicia en Damasco

Atef Najib, exjefe de seguridad de Assad, vestido de preso en el banquillo de Damasco durante juicio por torturas en Deraa 2011

Justicia en Siria: El primer juicio contra un alto cargo del régimen de Bashar al-Assad comienza en Damasco, pero las prisas y las lagunas legales generan dudas sobre su credibilidad.

Juicio histórico en Siria: el primer lugarteniente de Assad enfrenta justicia en Damasco

26 de abril de 2026: Atef Najib, exjefe de seguridad en Deraa, comparece ante un tribunal en Damasco acusado de asesinato, tortura y masacres durante la represión de 2011.

El símbolo de la brutalidad de Assad, ahora en el banquillo

Hace 15 años, Atef Najib encarnaba el rostro más cruel del régimen sirio. Como jefe de seguridad en Deraa, respondía a las familias de niños detenidos durante las protestas de 2011 con una frase que se volvió icónica: . Aquella arrogancia marcó el inicio de catorce años de guerra, represión y más de 500.000 muertos en Siria.

Ahora, Najib —primo hermano de Bashar al-Assad— espera juicio en una celda de Damasco, vestido con el uniforme blanco y negro de los presos. Su captura en enero de 2025 lo convirtió en la figura más prominente del antiguo régimen en ser enjuiciada por el gobierno de Ahmed al-Sharaa, el exrebelde que derrocó a Assad en 2024.

Maram Abazeid, abogada de las víctimas y testigo de los arrestos en 2011 cuando era adolescente, lo enfrentó en la audiencia preliminar del 26 de abril: «Sabía perfectamente a quién tenía frente a mí. Sabía qué niños había ordenado torturar«.

Un juicio acelerado bajo un sistema legal roto

El 10 de mayo, Najib se declaró «no culpable» y atribuyó la represión en Deraa a «otros organismos de seguridad». Pero el proceso enfrenta obstáculos estructurales:

  • Legislación obsoleta: El código penal sirio no tipifica crímenes de lesa humanidad ni la responsabilidad de mando.
  • Jueces sin herramientas: Intentan aplicar los Convenios de Ginebra y la Convención contra la Tortura, pero sin marco legal claro.
  • Falta de justicia transicional: La comisión prometida por al-Sharaa en 2025 no ha rendido cuentas, ni siquiera sobre crímenes de los propios rebeldes.

Mientras, la violencia sectaria recorre las afueras de Damasco, donde seguidores de Assad toman justicia por su mano. , denuncia un abogado que prefirió el anonimato.

¿Justicia o teatro político?

El juicio a Najib usa el sistema legal heredado de Assad, no las nuevas leyes de justicia transicional que aún no se aprueban. Expertos como Nousha Kabawat advierten: socavar la legitimidad del proceso». Sin garantías de debido proceso, el riesgo es que se repitan los errores del pasado: juicios políticos sin transparencia.

Para las víctimas, sin embargo, el símbolo es poderoso. Abazeid insiste: «Estos juicios son históricos. Por primera vez, el sufrimiento de Siria tiene un nombre y un rostro en el banquillo. La sangre de las víctimas ya no es invisible».

El precedente que podría redefinir la justicia en Oriente Medio

El juicio a Atef Najib no es solo un caso aislado: podría sentar un precedente peligroso o transformador para cómo se juzgan los crímenes de guerra en la región. Hasta ahora, los procesos contra exfuncionarios de regímenes autoritarios en Oriente Medio han sido excepcionales y, cuando ocurren, suelen ser in absentia o en tribunales internacionales. La novedad aquí es que un alto cargo del círculo íntimo de un dictador —un primo de Assad, no un chivo expiatorio menor— enfrenta a su propia justicia nacional, aunque sea bajo un gobierno surgido de la rebelión.

En contextos similares, como los juicios a miembros del régimen de Saddam Hussein en Irak (2003-2006) o los intentos fallidos de enjuiciar a figuras de Gadafi en Libia, la prisa por ofrecer «justicia rápida» terminó comprometiendo la credibilidad de los veredictos. Según informes de la Comisión Internacional de Juristas, en Irak, el 60% de las condenas a exbaasistas se basaron en confesiones obtenidas bajo tortura, algo que el tribunal de Damasco dice querer evitar. Pero sin un marco legal actualizado —como el Protocolo de Estambul para investigar torturas—, el riesgo de repetir esos errores persiste. Además, la ausencia de cooperación con la Corte Penal Internacional (que investiga crímenes en Siria desde 2011) deja al proceso sin respaldo técnico independiente.

Otro factor clave es el efecto dominó regional. Países como Argelia o Sudán, donde transiciones políticas recientes dejaron impunes a militares y funcionarios, observan este juicio con atención. Si Damasco logra un proceso técnicamente sólido —aunque sea con limitaciones—, podría presionar a otros gobiernos a revisar sus propias leyes de amnistía para crímenes pasados. Por el contrario, si el caso Najib se percibe como una farsa, reforzará el escepticismo hacia la justicia transicional en contextos posconflicto.

¿Un punto de inflexión o un espejismo?

El verdadero test no será la condena —que pocos dudan que llegará—, sino qué ocurre después. Si el gobierno de al-Sharaa usa este juicio para cerrar el capítulo de la guerra sin abordar la complicidad de otros actores (incluidos rebeldes y potencias extranjeras), el proceso quedará reducido a un gesto simbólico. La pregunta que planea es si Siria optará por el modelo sudafricano (Comisión de la Verdad y reconciliación) o por el iraquí (purga selectiva con impunidad para los vencedores). La respuesta definirá no solo el legado de Najib, sino si las víctimas de Deraa —y de toda Siria— tendrán algo más que un reconocimiento retórico de su sufrimiento.

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