Crisis en Irán: Las protestas contra el régimen iraní han escalado a niveles sin precedentes, con ataques a edificios oficiales, quema de vehículos gubernamentales y la sustitución de banderas por la pre-revolucionaria.
Un grupo de derechos humanos con sede en Washington confirma al menos 490 muertes en la represión, cifra que podría ser mayor.
El expresidente Donald Trump ha sido vocal en su apoyo a los manifestantes. El 10 de enero, declaró en redes sociales: «Irán busca la LIBERTAD, quizás como nunca antes. ¡Estados Unidos está listo para ayudar!». Desde el inicio de las protestas el 28 de diciembre, Trump ha advertido que EE.UU. «está listo para intervenir» si el régimen asesina a manifestantes, prometiendo un «precio muy alto» para el gobierno iraní.
Sin embargo, las advertencias de Trump han sido ignoradas por los líderes iraníes. Lo que comenzó como una huelga de comerciantes en Teherán se ha convertido en una crisis de legitimidad para el régimen, que ha respondido con violencia extrema. El apagón de internet impuesto por el gobierno, que ya supera las 72 horas, ha aislado al país, dificultando la comunicación y el acceso a información sobre la represión.
Las opciones limitadas de EE.UU.
El presidente Joe Biden enfrenta un dilema complejo. Aunque las amenazas de Trump podrían haber disuadido una represión aún más brutal, su efecto podría disminuir con el tiempo. Las protestas, ahora en su tercera semana, carecen de liderazgo y organización, y no han logrado convencer a figuras clave del régimen —especialmente a las fuerzas armadas— de desertar.
Las alternativas para EE.UU. son escasas y riesgosas:
- Ataque simbólico: Podría impulsar temporalmente las protestas, pero también desmoralizar a los manifestantes si perciben que EE.UU. no está dispuesto a actuar con mayor contundencia.
- Ataque al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI): Un golpe tangible contra la fuerza de defensa del régimen, pero incapaz de detener la represión en las calles. Además, podría generar temor en la población por un posible colapso estatal.
- Eliminación de altos cargos: Una opción extrema, como atacar al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, podría forzar un cambio político, pero beneficiaría principalmente al CGRI y sus aliados en la lucha por el poder.
Obstáculos logísticos y geopolíticos
EE.UU. enfrenta limitaciones prácticas para una intervención militar prolongada. El Pentágono no tiene portaaviones en el Golfo Pérsico, y el más cercano, el USS Abraham Lincoln, se encuentra a miles de kilómetros en el Mar de China Meridional. Aunque cuenta con aviones en bases regionales, los países anfitriones podrían negarse a permitir su uso por temor a represalias.
El presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, advirtió el domingo que las bases estadounidenses en la región serían blanco de ataques si EE.UU. interviene. Además, el régimen iraní probablemente lanzaría misiles contra Israel, escalando el conflicto.
Alternativas no militares
Ante las dificultades, EE.UU. podría optar por medidas «no cinéticas», como:
- Enviar más terminales Starlink para eludir el bloqueo de internet.
- Usar capacidades cibernéticas para impedir que Irán corte las conexiones terrestres.
- Reforzar las sanciones económicas.
Estas acciones ayudarían a los iraníes a organizarse y documentar las atrocidades del régimen, pero no detendrían la represión.
Lecciones de la historia
La intervención en Libia (2011) mostró los riesgos de apoyar a una oposición desorganizada, resultando en años de guerra civil. En Siria (2018), los bombardeos occidentales solo buscaron imponer la prohibición de armas químicas, sin intentar detener la represión con armas convencionales. Trump, con su promesa de «rescatar» a los manifestantes, se ha fijado un objetivo mucho más ambicioso —y difícil— que sus predecesores.
Mientras el régimen iraní mantiene su férreo control, la pregunta persiste: ¿puede EE.UU. convertir sus palabras en acciones efectivas sin desencadenar un caos mayor?








