Alerta global: La mayor purga militar en China desde 1971 sacude al Ejército Popular de Liberación y redefine el equilibrio geopolítico.
El presidente chino, Xi Jinping, ha desatado una ola de investigaciones sin precedentes en el corazón del Partido Comunista y las fuerzas armadas. El pasado 24 de enero, el Ministerio de Defensa anunció que dos de los generales más poderosos del país, Zhang Youxia y Liu Zhenli, enfrentan cargos por «violar la disciplina». Este movimiento marca la purga más profunda en la cúpula militar desde la caída de Lin Biao en 1971, cuando el entonces ministro de Defensa murió en un accidente aéreo tras un presunto intento de golpe contra Mao Zedong.
Una limpieza sin precedentes
En 2025, las autoridades chinas investigaron a más de un millón de personas por corrupción y «política desviada», un 60% más que en 2023. Durante el último pleno del Comité Central en octubre, 37 de sus 205 miembros estaban ausentes, presuntamente bajo investigación. Aunque el Partido Comunista justifica estas acciones como parte de su «autodisciplina interna», analistas señalan que la purga refleja el control absoluto de Xi sobre el aparato estatal.
El impacto en el Ejército Popular de Liberación (EPL) es especialmente crítico. El periódico militar oficial vinculó la caída de Zhang y Liu con la lucha contra la corrupción, pero también los acusó de «insubordinación» hacia Xi. Según el medio, su influencia fue «extremadamente vil» y causó un «daño inmenso» a la «ecología política» del EPL y a su «capacidad de combate».
El general Zhang Youxia, uno de los purgados, era una figura clave en la Comisión Militar Central. Veterano de la guerra contra Vietnam, su experiencia en conflictos reales lo convertía en uno de los pocos oficiales capaces de cuestionar las decisiones de Xi. Ahora, la cúpula militar está diezmada: desde 2022, el presidente ha expulsado a cinco de los seis oficiales uniformados del alto mando.
¿Un ejército más fuerte o más peligroso?
La purga plantea interrogantes sobre la capacidad operativa del EPL. Mientras el Pentágono sugiere que, a corto plazo, la campaña podría «alterar la eficacia» del ejército, a largo plazo podría resultar en fuerzas más leales y competentes. Sin embargo, el riesgo más grave es la falta de asesores críticos en momentos clave, especialmente en una posible invasión a Taiwán.
Estados Unidos estima que Xi ha ordenado al EPL estar preparado para tomar Taiwán en 2027. Aunque Washington suministra armas a la isla —incluyendo un paquete récord de US$11.100 millones en diciembre—, no existe un tratado que obligue a intervenir en caso de ataque. Esta incertidumbre ha llevado a algunos políticos taiwaneses a cuestionar si vale la pena invertir en defensa.
El arsenal chino crece a un ritmo alarmante. Para 2030, se espera que su arsenal nuclear alcance 1.000 ojivas, el doble que en 2023. La armada china ya supera a la estadounidense en número de buques, y planea tener nueve portaaviones para 2035, frente a los 11 de EE.UU.
Xi Jinping revisa tropas durante un desfile militar en 2025. La Comisión Militar Central, encargada de dirigir el EPL, ahora está dominada por leales al presidente.
Un líder sin contrapesos
La eliminación de figuras como Zhang Youxia deja a Xi sin voces disidentes en el alto mando. Si nombra a incondicionales para los puestos vacantes, ¿quién le advertirá sobre los riesgos de una invasión a Taiwán? Aunque el presidente es consciente de los costos —ha estudiado el fracaso ruso en Ucrania y escuchado advertencias de líderes occidentales—, su obsesión por el control podría nublar su juicio.
En un mundo donde China se presenta como «la mayor certeza», la purga militar revela una realidad más oscura: un sistema donde la lealtad prima sobre la competencia, y donde la ausencia de contrapesos podría llevar a decisiones catastróficas. El próximo congreso del partido, donde Xi buscará extender su mandato, será clave para entender si esta limpieza es un paso hacia la estabilidad o el preludio de un conflicto mayor.
Mientras los mares de China Oriental y Meridional hierven con tensiones, una pregunta resuena en las cancillerías occidentales: ¿Quién detendrá a Xi si decide actuar?








