Cambio de régimen: La salida de Nicolás Maduro abre esperanzas, pero la economía venezolana enfrenta un camino incierto. Casi el 70% de los venezolanos cree que su situación mejorará, aunque los expertos advierten que los resultados no son inmediatos.
PDVSA anunció negociaciones con Estados Unidos para vender petróleo, un primer paso hacia la estabilidad. Sin embargo, la historia muestra que las transiciones políticas no siempre garantizan crecimiento. Estudios de la década de 1990, como los de Alberto Alesina y Robert Barro (Harvard), revelaron que los cambios de gobierno frecuentes suelen asociarse con menor inversión y crecimiento más lento, al debilitar los derechos de propiedad.
Pero no todos los casos son iguales. Mientras Rusia colapsó en los 90, Corea del Sur y Polonia se recuperaron tras sus transiciones. La clave, según Dani Rodrik (1991), no es la democracia en sí, sino si las nuevas reglas económicas son creíbles y duraderas. Chile en 1990 lo demostró: el gobierno de centroizquierda mantuvo las políticas de mercado heredadas, lo que preservó la confianza de los inversores y el crecimiento.
Serbia vs. Túnez: dos modelos opuestos
Serbia en 2000 es el ejemplo más claro de una ruptura exitosa. Tras la caída de Slobodan Milosevic, el nuevo gobierno reintegró al país a la economía global, restableció relaciones con el FMI y la UE, y estabilizó la macroeconomía. La inflación, que promediaba 50% anual, se redujo a la mitad en cinco años, mientras el crecimiento superó el 6% anual. El capital extranjero regresó, y las reformas estructurales —como la privatización bancaria— llegaron después.
En cambio, Túnez tras la Revolución de los Jazmines (2011) mantuvo viejos hábitos. Los gobiernos posrevolucionarios aumentaron el gasto público y evitaron reformas profundas en subsidios y empresas estatales. La corrupción persistió, la confianza en el gobierno se desplomó y el desempleo juvenil —la principal queja de los manifestantes— apenas mejoró. Los inversores percibieron que las nuevas políticas eran solo un barniz sobre la vieja economía.
Libia: el colapso total
La caída de Muamar Gadafi en 2011 derivó en guerra civil. Sin un Estado capaz de imponer impuestos, hacer cumplir contratos o garantizar seguridad, la economía se volvió caótica. La producción petrolera fluctuaba según el control de milicias, la inflación era volátil y la inversión desapareció. La política económica dependía de lo que los grupos armados permitieran.
Venezuela: ¿Credibilidad prestada?
Hoy, Venezuela depende de un acuerdo frágil. Donald Trump negocia con Delcy Rodríguez, una figura del chavismo, para gestionar las exportaciones de petróleo bajo supervisión externa. Esto podría mantener el comercio, pero no reactivará la inversión a largo plazo. Como señala el análisis, la ruptura política solo funciona si establece un ancla creíble: reglas claras, aplicación consistente y garantías de que no cambiarán.
Irán enfrenta un dilema similar. Aunque las protestas exigen cambios, derrocar al régimen no garantiza recuperación económica. Myanmar en 2021 lo demostró: el golpe de Estado de la junta militar mantuvo el Estado en funcionamiento, pero destruyó la confianza. Las sanciones y la fuga de capitales paralizaron la inversión.
Incluso las democracias estables no son inmunes. La erosión institucional —como los ataques de Trump a la Reserva Federal— puede debilitar las expectativas económicas sin necesidad de golpes. La credibilidad es frágil: se pierde con facilidad y se reconstruye con dificultad.
La lección es clara: sin confianza en las reglas del juego, ni siquiera la caída de un dictador asegura prosperidad. Venezuela e Irán podrían repetir los errores de Túnez o, peor aún, caer en el caos libio. El petróleo y los acuerdos temporales no bastan. Lo que realmente importa es si los nuevos gobiernos logran convencer a hogares y empresas de que el cambio es real y permanente.








