Guerra fría 2.0: El mar Báltico se ha transformado en un escenario de tensión entre la OTAN y Rusia, donde la infraestructura submarina es el nuevo frente de batalla.
Comparado con los submarinos nucleares rusos, el A-26 sueco —de solo 66 metros de eslora— destaca por su sigilo. Equipado con un portal en la proa para desplegar drones submarinos, sensores o buzos, este modelo ofrece una ventaja táctica en las turbias aguas del Báltico. Polonia lo ha elegido como pilar de su defensa: el 26 de noviembre, el gobierno polaco firmó un contrato por US$2.800 millones para adquirir tres unidades.
El Báltico alberga una red crítica de infraestructuras: gasoductos como el Balticconnector (Finlandia-Estonia) y el Baltic Pipe (Noruega-Polonia), cables de comunicaciones y electricidad, y 10 terminales de GNL operativas, con dos más en construcción. Además, cientos de aerogeneradores ya operan en sus costas, y Polonia planea sumar parques eólicos marinos con una inversión de US$100.000 millones para 2040.
Sabotajes y guerra híbrida
Desde 2023, se han registrado 11 actos de sabotaje en el Báltico, muchos vinculados a la flota en la sombra rusa: petroleros que eluden sanciones occidentales. Los incidentes más graves incluyen la rotura del Balticconnector y un cable eléctrico entre Finlandia y Estonia, probablemente causados por anclas arrastradas. Las reparaciones tomaron meses.
Rusia también opera sobre la superficie. En septiembre, drones —aparentemente lanzados desde barcos rusos— sobrevolaron aeropuertos daneses. Incidentes similares ocurrieron en Francia y Alemania. Estos ataques híbridos permiten a Moscú negar su autoría, probar la respuesta de la OTAN y evaluar la disposición de sus miembros.
La escalada no se limita a tácticas encubiertas. En octubre, Dinamarca denunció que buques de guerra rusos apuntaron sus armas contra navíos daneses y simularon colisiones, un acto de provocación sin precedentes.
Tecnología vs. vulnerabilidad
El Báltico es un entorno hostil para la vigilancia submarina. Su fondo marino poco profundo, el ruido acústico y los cambios de salinidad distorsionan los sonares tradicionales. Para contrarrestarlo, la OTAN apuesta por soluciones como el A-26, sensores hidroacústicos y vehículos no tripulados (UUV). Sin embargo, un sistema de vigilancia integrado tardará años en implementarse.
Los retrasos son críticos. Suecia, que esperaba recibir su primer A-26 en 2022, ahora lo pospuso a 2031. Polonia, con solo un submarino soviético obsoleto, no recibirá sus tres unidades hasta la década de 2030. Mientras, Rusia moderniza su flota para atacar cables y tuberías, según inteligencia británica.
La respuesta de la OTAN ha sido reactiva. La operación Baltic Sentry, lanzada en 2025, intensificó patrullas, pero los buques aliados solo pueden verificar matrículas de barcos comerciales, sin derecho a inspeccionarlos.
Medidas drásticas y costos millonarios
Ante la amenaza, algunos países proponen acciones radicales. Ucrania sugirió cerrar el Báltico a los petroleros rusos, una medida que violaría el derecho internacional. Dinamarca, en cambio, optó por controles técnicos: en octubre, reforzó la inspección de petroleros en el fondeadero de Skagen, puerta de entrada al Báltico.
Polonia dio un paso más. En noviembre, aprobó una ley que autoriza a su armada a usar la fuerza para proteger infraestructuras críticas, incluso fuera de sus aguas territoriales. La disuasión, sin embargo, tiene un precio: reparar un cable submarino cuesta US$28 millones diarios, un gasoducto US$83 millones, y las reparaciones pueden extenderse por meses.
«La protección es cara, pero no tanto como lidiar con los ataques», advierte un informe del think tank Rand. En este contexto, submarinos como el A-26 —aunque pequeños— podrían ser la mejor inversión para una región que se prepara para una guerra que ya comenzó bajo las olas.







