OTAN en jaque: ¿Por qué Europa debe preparar un Plan B sin EE.UU.?

Mapa de Europa con bases militares de la OTAN resaltadas y bandera de EE.UU. difuminada al fondo, simbolizando la incertidumbre por un posible '' + 'Plan B OTAN'

Alerta en la alianza: La OTAN enfrenta su mayor crisis en 75 años por las amenazas de Trump.

OTAN en jaque: ¿Por qué Europa debe preparar un Plan B sin EE.UU.?

El estratega prusiano Carl von Clausewitz advertía en el siglo XIX que la «obstinación» —la terquedad de ignorar señales evidentes— era el «defecto fatal» de un líder militar. Hoy, ese error tiene rostro: Mark Rutte, secretario general de la OTAN. Durante meses, el ex primer ministro neerlandés ha rechazado incluso debatir un «Plan B» para la alianza, pese a que Donald Trump cuestiona abiertamente el Artículo 5 (el principio de defensa colectiva) y amenaza con reducir tropas en Europa. «Estados Unidos está totalmente comprometido«, repite Rutte. Los hechos, sin embargo, desmienten su optimismo.

Trump: de las palabras a los hechos contra la OTAN

Rutte no actúa por ingenuidad, sino por calculo diplomático. Su estrategia: adular a Trump para evitar que EE.UU. abandone la alianza. Ha soportado sus insultos, lo ha llamado «papá» en público y ha presionado a Europa para comprar US$100.000 millones en armamento estadounidense (muchos destinados a Ucrania). Pero el riesgo es alto: depender de un líder impredecible que, en enero de 2024, llegó a amenazar con «tomar» Groenlandia —territorio danés y miembro de la OTAN— como «represalia» por la falta de gasto militar europeo.

Las acciones recientes de Trump han acelerado la crisis:

  • Recortes sorpresa: Ha reducido tropas en Europa y cancelado despliegues prometidos.
  • Retrasos en armas: Europa paga por sistemas como los Patriot, pero EE.UU. prioriza reabastecer su stock tras ataques en Irán.
  • Señales del 22 de mayo: Se esperaba que Washington recortara el número de fuerzas comprometidas para una guerra en Europa.

El problema no es solo Trump. Europa carece de alternativas a tecnologías clave estadounidenses, como los misiles Patriot o los cazas F-35. Sin ellos, países como Polonia o los Estados bálticos quedarían expuestos a Rusia. Pero, como advierte un alto mando europeo: «Si esperamos a que EE.UU. nos abandone para actuar, será demasiado tarde«.

¿Qué pasaría si EE.UU. abandona la OTAN?

La alianza funciona gracias a un mando unificado —históricamente liderado por un general estadounidense— que coordina ejércitos de 32 países. Sin EE.UU., ese sistema podría colapsar:

  • Disputas por el liderazgo: ¿Alemania, Francia o Reino Unido asumirían el rol? Cada uno tiene intereses distintos.
  • Dudas en la toma de decisiones: Sin un «juez» claro, ¿quién autorizaría, por ejemplo, un contraataque a Rusia?
  • Fragmentación militar: Las Fuerzas Expedicionarias Conjuntas (lideradas por Reino Unido) o la «coalición de los dispuestos» para Ucrania son incipientes y falta coordinación.

El general Ben Hodges, ex comandante del Ejército de EE.UU. en Europa, lo resume: «Sin Estados Unidos, la OTAN se convertiría en un club de debate, no en una máquina de guerra«. Pero Europa ya está moviendo fichas en secreto. Fuentes diplomáticas revelan que Dinamarca, Países Bajos y los países bálticos exploran acuerdos bilaterales de defensa, por si la OTAN se resquebraja.

Las opciones (arriesgadas) sobre la mesa

Europa tiene tres rutas posibles, todas con riesgos:

  1. «Europeizar» la OTAN: Mantener la estructura actual, pero con liderazgo europeo. Problema: Sin el presupuesto de EE.UU. (que aporta el 70% del gasto militar de la alianza), la capacidad operativa caería un 40%, según un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS).
  2. Crear una nueva alianza: Similar a la OTAN, pero sin EE.UU. Problema: Requeriría décadas para igualar su infraestructura (bases, satélites, logística).
  3. Fortalece coaliciones existentes: Como la Fuerza Expedicionaria Conjunta (10 países) o la alianza pro-Ucrania. Problema: Son grupos pequeños, sin capacidad nuclear ni disuasión global.

La paradoja es clara: preparar un Plan B podría enfadar a Trump y acelerar la ruptura, pero no hacerlo dejaría a Europa indefensa. Como señala la canciller alemana, Olaf Scholz: «No podemos permitirnos el lujo de elegir entre malas y peores opciones. Debemos actuar en ambas«.

Mientras Rutte insiste en que «la OTAN es irrompible«, los hechos pintan otro escenario. En Bruselas, ya circula un documento confidencial titulado «Contingencia 2025«: un borrador para una defensa europea autónoma. La pregunta ya no es si EE.UU. abandonará la OTAN, sino cuándo —y si Europa estará lista.

El precedente histórico que Europa ignora: cuando EE.UU. abandonó a sus aliados

La reticencia de la OTAN a preparar un Plan B sin Washington no es nueva: responde a un patrón histórico de dependencia estratégica que ha dejado a Europa vulnerable en el pasado. En 1956, durante la crisis de Suez, Eisenhower obligó a Francia y Reino Unido a retirarse de Egipto amenazando con hundir sus economías (vendió libras esterlinas y bloqueó préstamos del FMI). En 1973, Nixon activó la alerta DEFCON 3 durante la guerra del Yom Kippur, pero solo para disuadir a la URSS; no intervino militarmente a favor de Israel hasta que la situación fue crítica. Ambos casos demuestran que, cuando sus intereses divergen, EE.UU. prioriza su agenda unilateral, incluso a costa de socios históricos.

El problema actual va más allá de Trump: es estructural. Según datos del SIPRI, Europa gasta un 1,7% de su PIB en defensa (frente al 3,5% de EE.UU.), pero ese presupuesto se fragmenta en 27 sistemas de armamento distintos (tanques Leopard vs. Leclerc, cazas Eurofighter vs. Rafale). La falta de estandarización ya le costó a la UE €26.000 millones anuales en sobrecostes logísticos antes de la guerra en Ucrania, según la Agencia Europea de Defensa. Mientras, Rusia invierte el 6% de su PIB en defensa y ha unificado su industria militar bajo un mando central. La paradoja: Europa subcontrata su seguridad a un actor (EE.UU.) cuya doctrina militar, desde el Pivot to Asia de Obama, considera a Europa un teatro secundario frente a China.

  • 1990-2001: La ilusión del «dividendo de la paz». Tras la caída del Muro, Europa recortó su gasto militar un 30%, asumiendo que EE.UU. cubriría cualquier amenaza. El 11-S demostró lo contrario: Washington redirigió recursos a Oriente Medio, dejando a Europa sin capacidad de proyección en los Balcanes o el Sahel.
  • 2014: Crimea como señal ignorada. Cuando Rusia anexó la península, la OTAN respondió con batallones multinationales de 1.000 soldados (frente a los 190.000 desplegados por Moscú). La lección no se aprendió: hoy, solo 7 de 32 miembros cumplen el objetivo del 2% de PIB en defensa.
  • 2022-2024: La guerra en Ucrania expone las costuras. Europa ha donado €140.000 millones en ayuda a Kiev, pero el 80% del armamento avanzado (misiles ATACMS, sistemas HIMARS) sigue dependiendo de aprovisionamientos estadounidenses, sujetos a vetos políticos.

La cuenta atrás ya ha comenzado

El error de Rutte no es confiar en EE.UU., sino asumir que la OTAN puede sobrevivir sin un plan de contingencia industrial. Europa tiene 18 meses —hasta las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024— para evitar un escenario donde, como en 1956 o 1973, descubra demasiado tarde que su aliado ya no responde al teléfono. La clave no está en crear una nueva alianza, sino en activar cláusulas olvidadas del Tratado de Lisboa (como la Cooperación Estructurada Permanente en Defensa) para unificar compras, I+D y cadenas de suministro. El reloj corre: si Rusia ataca un país báltico en 2026 y EE.UU. invoca el Artículo 5… ¿quién liderará la respuesta? La historia sugiere que Europa no tendrá una segunda oportunidad para prepararse.

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