Nueva amenaza global: Un brote de ébola en Congo amenaza con ser el más letal desde 2014, sin vacunas disponibles y en plena zona de conflicto armado.

«Desde abril, hemos visto morir gente«, relata Sylvie Kabuo-Kinyoma, vendedora de verduras en Mongbwalu (Ituri, República Democrática del Congo). Al principio atribuyó las muertes a brujería, pero una enfermera identificó en un paciente fiebre alta y hemorragias nasales —síntomas clásicos del ébola, un virus con hasta 50% de mortalidad que se transmite por fluidos corporales. «Tenemos miedo. No quiero perder a mis hijos«, confiesa.
La alerta internacional que revive el fantasma de 2014
El 17 de mayo, la OMS declaró emergencia sanitaria internacional —la novena desde 2005—. Aunque aún no es pandemia, el brote podría superar en gravedad al de 2018 (más de 2.000 muertes en Congo) e incluso acercarse al de 2014-2016 en África Occidental, que dejó 11.000 fallecidos. La causa: una combinación letal de guerra, recortes en ayuda sanitaria y mala suerte.
A 19 de mayo, se contabilizaban:
- 500+ casos sospechosos (cifra subestimada, según el Imperial College de Londres),
- 130 muertes confirmadas,
- 2 casos en Kampala (Uganda),
- 1 médico estadounidense evacuado a Alemania,
- Casos en Goma (Kivu del Norte) y cierre parcial de fronteras con Ruanda.
Los expertos temen que el virus llegue a Burundi y Sudán del Sur.
Sin vacunas ni diagnósticos rápidos: «Volvimos al punto de partida»
Desde el brote de 2014, el mundo mejoró su respuesta al ébola:
- Vacunas efectivas contra la cepa Zaire (la más común),
- Pruebas de diagnóstico rápidas gracias a la secuenciación genética,
- Educación comunitaria para ganar confianza y aislar casos.
Pero este brote —el 17º en Congo desde 1976— está causado por la cepa Bundibugyo, menos letal que la Zaire pero sin vacuna autorizada ni pruebas rápidas. Las muestras deben enviarse en avión a Kinshasa (a 2.000 km), y los resultados tardan días. «Parece que hemos vuelto al punto de partida«, advierte Bob Kitchen, del Comité Internacional de Rescate (IRC), comparando la situación con 2014, cuando no había vacunas.
Guerra, milicias y un Estado ausente
El este del Congo es un polvorín:
- 100+ milicias operan en Ituri y Kivu,
- En 2018, grupos armados incendiaron clínicas de MSF,
- El M23 (grupo respaldado por Ruanda) controla zonas clave y bloquea el aeropuerto de Goma,
- Funcionarios del M23 extorsionan suministros médicos.
«Estamos preocupados: las autoridades provinciales no han tomado medidas«, denuncia Machozi Mwanamolo, profesor en Bunia. En Mongbwalu, la población se mueve libremente cuando debería estar en cuarentena. Incluso académicos evitan los saludos de mano y recurren a remedios caseros como té de jengibre con limón y ajo.
En Kivu del Norte, la situación es aún más crítica. El M23 ha reemplazado a funcionarios de salud locales, y clínicas como una cerca de Goma luchan contra brotes de sarampión sin recursos. Los trabajadores humanitarios deben entrar a la zona vía Ruanda o Uganda, lo que retrasan la respuesta.
Recortes en ayuda: de millones a migajas
Antes de 2025, programas de vigilancia y educación sanitaria —financiados por EE.UU.— operaban en 5 zonas de Ituri. Hoy, el IRC solo cubre 2. El 18 de mayo, Washington prometió US$13 millones, una fracción de los miles de millones invertidos entre 2014-2016. Reino Unido y Alemania también redujeron su ayuda.
«La seguridad sanitaria global no se logra con fronteras, sino con colaboración«, criticó Jean Kaseya, director del Africa CDC, tras la restricción de viajes de EE.UU. a viajeros procedentes de Congo, Uganda o Sudán del Sur. Sin vacunas, la respuesta depende de:
- La confianza comunitaria (en riesgo: muchas personas niegan la existencia del ébola),
- Programas de educación sin financiación.
«Hay vendedoras como yo que no creen que el ébola exista«, admite Foibe Mbusi, comerciante en Bunia.
En 2018, se necesitaron 2 años, 300.000 vacunas y millones en ayuda para controlar el brote. Ahora, sin herramientas ni fondos, ¿podrá el mundo evitar otra catástrofe?
El ébola como arma de guerra: cómo los conflictos agravan las pandemias en África
Mientras el mundo centra su atención en la cepa Bundibugyo y la falta de vacunas, un factor menos visible —pero históricamente decisivo— está acelerando la crisis: la militarización de la respuesta sanitaria. En Congo, el ébola no solo se propaga por fallos logísticos, sino porque grupos armados usan la enfermedad como herramienta de control social, un patrón documentado desde la guerra civil de Sierra Leona (1991-2002), donde milicias como el RUF bloqueaban el acceso a medicamentos para debilitar a poblaciones rivales.
En el este del Congo, el M23 y las milicias Mai-Mai no solo obstaculizan la ayuda: exigen «peajes» por dejar pasar ambulancias (hasta $500 por vehículo, según informes de Human Rights Watch en 2023) y secuestran suministros para venderlos en el mercado negro. Peor aún, en zonas bajo su control —como partes de Bení o Butembo— prohíben a la OMS operar sin su «autorización», retrasando campañas de vacunación incluso cuando hay dosis disponibles. Esto no es nuevo: en el brote de 2018-2020, la Alianza de Fuerzas Democráticas (ADF) atacó 42 veces a equipos médicos, según la ONU. La diferencia ahora es que, sin vacunas para Bundibugyo, cada día de retraso equivale a decenas de muertes evitables.
El problema trasciende a Congo. En Sudán del Sur, donde el riesgo de expansión es alto, grupos como Cobra Faction han usado brotes de cólera para justificar toque de queda y extorsionar a la población. La lección es clara: en zonas de conflicto, los patógenos se convierten en multiplicadores de violencia. Mientras la comunidad internacional debate cuotas de financiación, las milicias ya han encontrado en el ébola una nueva forma de monetizar el caos.
- Patrón histórico: En Liberia (2014), el grupo Liberians United for Reconciliation and Democracy robó clínicas de ébola para vender equipos de protección. Hoy, el M23 repite la estrategia en Congo.
- Economía de la enfermedad: En Ituri, el precio de una mascarilla N95 se disparó un 300% en una semana, según comerciantes locales. Las milicias controlan el mercado.
- Desinformación como táctica: Grupos armados difunden rumores (ej.: «el ébola es un invento occidental«) para erosionar la confianza en ONGs y justificar su intervención «protectora».
2025: ¿Hacia una «pandemia permanente» en África Central?
El brote actual no es un evento aislado, sino el primer eslabón de una cadena de crisis sanitarias crónicas. Analistas del Instituto Africano de Estudios de Seguridad advierten que, si no se frena ahora, la cepa Bundibugyo podría endemizarse en la región, como ocurrió con el Virus de Marburgo en Uganda. La clave no está solo en desarrollar vacunas —algo que, según la OMS, tardará al menos 18 meses—, sino en romper el vínculo entre enfermedad y conflicto. Esto requiere presionar a Ruanda y Uganda para que dejen de armar milicias (como el M23) y crear corredores humanitarios blindados, una medida que la ONU ha evitado por su costo político. Sin ello, el este de Congo no solo enfrentará brotes recurrentes, sino que se convertirá en un laboratorio a cielo abierto donde grupos armados perfeccionarán tácticas de bioterrorismo de baja intensidad. La pregunta ya no es si habrá otra emergencia sanitaria, sino cuándo y a qué escala.








