Silencio en la frontera: La zona desmilitarizada entre las Coreas dejó de resonar con propaganda y K-pop tras 18 meses de guerra de altavoces.
Kim Chang-hwan, residente de Daedong-ri, un pueblo surcoreano a pocos kilómetros de Corea del Norte, ya no necesita tapones para los oídos al dormir. Durante año y medio, los altavoces instalados en la frontera emitieron K-pop y noticias hacia el Norte, mientras Pyongyang respondía con gritos de animales y silbidos. Pero desde principios de 2024, el silencio regresó. «Fue un alivio», confesó el hombre.
Este cambio refleja la estrategia del presidente surcoreano Lee Jae Myung, quien asumió el cargo en junio con un enfoque más conciliador que su predecesor, Yoon Suk Yeol. Durante el gobierno conservador (2022-2024), las tensiones escalaron: activistas surcoreanos lanzaron panfletos críticos contra el régimen norcoreano, mientras Pyongyang respondió con globos cargados de basura y excrementos. Yoon reactivó los altavoces fronterizos en 2023, algo que no ocurría desde 2018.
De la guerra de altavoces a la tregua radial
Lee, de tendencia izquierdista, silenció los altavoces como una de sus primeras medidas. En cuestión de días, Corea del Norte apagó los suyos, posiblemente porque ya no necesitaba ahogar las emisiones del Sur. Pero esta calma va más allá: el gobierno surcoreano también suspendió las transmisiones de radio de su agencia de espionaje, que desde 2010 emitía noticias sin censura hacia el Norte.
El resultado es drástico: según el Centro Stimson, un think tank estadounidense, las horas de programación externa que llegan a Corea del Norte cayeron un 80% desde mayo. Las pocas emisoras que quedan son operadas por activistas desde países como Taiwán, Filipinas y Uzbekistán, ya que Seúl prohíbe transmitir desde su territorio para evitar interferencias norcoreanas.
Ante este vacío, los activistas buscan alternativas. Un desertor norcoreano en Seúl lanzó una radio por internet dirigida a norcoreanos en el extranjero, con la esperanza de que difundan la información a sus familiares en el país. «Es una forma de burlar la censura», explicó un colaborador del proyecto.
¿Concesión o estrategia?
Para el régimen norcoreano, la información sin censura es una amenaza existencial. Las penas por consumir contenido extranjero incluyen prisión y, en algunos casos, ejecución. Aunque poseer una radio extranjera es ilegal, los norcoreanos las prefieren sobre memorias USB de contrabando, ya que son más fáciles de ocultar y funcionan con baterías, clave en un país con cortes de energía constantes.
Lee defendió su decisión argumentando que la radio es «anticuada y derrochadora». «Todo se puede buscar en internet», declaró en agosto. Sin embargo, el presidente sabe que los norcoreanos no tienen acceso libre a la red. Su objetivo parece ser otro: enviar una señal de buena voluntad a Kim Jong-un para reanudar el diálogo.
«Busca pequeños detalles que eviten un escalamiento», señaló Jun Bong-geun, profesor emérito de la Academia Diplomática Nacional de Corea. Pero el régimen norcoreano, respaldado por China y Rusia, no muestra urgencia por negociar. Kim Jong-un apuesta a obtener concesiones mayores de Estados Unidos, incluso el reconocimiento de su arsenal nuclear.
La expectativa crece ante un posible segundo encuentro entre Kim y Donald Trump en 2025. Mientras tanto, los habitantes de la frontera surcoreana celebran el silencio. «Por fin podemos dormir», dijo Kim Chang-hwan. Pero en Pyongyang, el régimen sigue vigilando cada palabra que cruza la frontera.








