Crudo en $100 y gasolina al alza: La escalada entre EE.UU., Israel e Irán revivió el fantasma inflacionario que los bancos centrales creían derrotado.
La inflación en las economías avanzadas había caído del 10% en 2022 a cerca del 2% a principios de 2026, gracias a la normalización de las cadenas de suministro post-pandemia y el ajuste de los estímulos fiscales. Pero el conflicto en Oriente Medio —con ataques iraníes a infraestructuras de gas y un colapso del 97% en el flujo de petróleo por el Estrecho de Ormuz— disparó el precio del Brent a $100 por barril, un 67% más que en enero. En EE.UU., los surtidores ya reflejan el golpe: la gasolina sube sin freno.
El precio crítico que podría desencadenar una recesión global ronda los $140 por barril, según Oxford Economics. A ese nivel —sumado al encarecimiento del gas natural—, partes de la economía mundial entrarían en contracción. El Wall Street Journal sitúa el umbral para EE.UU. en $138. El problema no es solo el nivel, sino la velocidad: en 1973, la triplicación del petróleo hundió al mundo en una crisis. Hoy, aunque el aumento es menor (no se ha duplicado en 2026), el riesgo persiste. Steven Blitz, de TS Lombard, advierte: «Para repetir el shock de 1990, el crudo debería alcanzar $175«.
¿Por qué esta crisis energética es distinta?
A diferencia de 2022, la economía global llega a este choque con salarios reales creciendo un 1% anual y ganancias corporativas al alza (subieron un 15% en el último trimestre de 2025). Los indicadores de Goldman Sachs no anticipan recesión, pero sí una desaceleración moderada. Sin embargo, hay un detalle clave: los mercados ya descuentan un repunte inflacionario. La regla empírica es clara: cada $10 adicionales en el petróleo suman entre 0.3 y 0.4 puntos a la inflación. Con el crudo en $100, la OCDE podría superar el 4%; a $140, el 5-6% no sería sorpresa.
Los datos en tiempo real confirman el peligro. Alternative Macro Signals, que analiza millones de noticias, detectó un salto en su índice de inflación global: de mantenerse la tendencia, julio cerraría con una inflación mensual superior al 0.6% (7% anualizado). Mientras, Truflation registró un salto en la inflación de bienes en EE.UU.: del 1% al 3.5% en un mes, impulsado casi en su totalidad por la gasolina.
Bancos centrales con las manos atadas
El escenario empora: las empresas, tras comprobar en 2022-23 que podían subir precios sin perder clientes, podrían trasladar los mayores costos energéticos a los consumidores más rápido que antes. Mientras, los bancos centrales enfrentan un dilema. Si Donald Trump gana las elecciones en noviembre, su candidato para la Fed, Kevin Warsh, heredaría una política monetaria expansiva. «Endurecer las tasas en 2027 sería impopular«, advierten analistas. El riesgo: una inflación persistente sin herramientas para frenarla.
Los gobiernos, presionados por el descontento social, podrían repetir los rescates de 2022-23. Entonces, Europa destinó entre el 3% y 4% del PIB a subsidiar energía, pero la mitad de ese gasto benefició a los más ricos, no a los vulnerables. «¿Apostarán esta vez por ayudas focalizadas?«, se pregunta The Economist. La respuesta, en un año electoral y con populismos al alza, parece clara: no.
El costo oculto: deuda y desigualdad
El verdadero legado de esta crisis podría ser fiscal. Los paquetes de ayuda masivos de 2022-23 dejaron déficits récord en las economías avanzadas. Repetir la fórmula agravaría la deuda pública y profundizaría la desigualdad: los subsidios generales, como entonces, benefician más a quienes más consumen (y menos lo necesitan). Mientras, la inflación erosionaría el poder adquisitivo de los salarios, incluso si estos crecen.
El último dato preocupante llega de los indicadores de confianza: en EE.UU., rozan mínimos históricos; en Europa, apenas superan esos niveles. «La ira por el costo de vida —advierte un informe de Deutsche Bank— podría redefinir el panorama político en 2027«.







