Nuevo orden regional: El 28 de febrero de 2026, el ataque coordinado de EE.UU. e Israel contra Irán inauguró la tercera guerra del Golfo, un conflicto que ya suma 1.100 civiles muertos y reconfigura las alianzas en la zona más inflamable del planeta.
Las guerras del Golfo han sido hitos geopolíticos. La primera, en 1991, consolidó la hegemonía estadounidense al expulsar a Saddam Hussein de Kuwait en 100 horas. La segunda, en 2003, derribó al dictador iraquí pero abrió las puertas a la expansión iraní. Ahora, esta tercera confrontación involucra a 14 actores regionales y amenaza con redibujar las fronteras del poder en Oriente Medio.
De Saddam a Khamenei: cómo Irán llenó el vacío
La invasión de Irak en 2003 eliminó al principal contrapeso de Teherán. Sin Saddam, Irán extendió su influencia a través de milicias en Irak, el Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen. Lo que Washington vendió como una «guerra por la democracia» terminó siendo un regalo estratégico para el régimen de los ayatolás. Hoy, ese mismo régimen enfrenta su mayor crisis: la muerte de Alí Khamenei en un bombardeo israelí y una sucesión que divide a las élites.
El Consejo de Tres —designado para gobernar tras la muerte del líder supremo— ha generado escepticismo. Mojtaba Khamenei, hijo del difunto ayatolá, emerge como favorito pese a su falta de credenciales religiosas. «¿Derrocamos al sha en 1979 para instalar una dinastía clerical?», cuestionan disidentes dentro del propio régimen. Su único aval es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), cuya lealtad garantiza continuidad… pero también profundiza el rechazo popular.
La estrategia iraní: misiles, drones y un bluff peligroso
En los primeros cuatro días, Irán lanzó 180 misiles contra Israel y 250 contra el Golfo. Pero para el quinto día, las cifras cayeron a 47 y 62, respectivamente. Fuentes de inteligencia occidental sugieren una táctica: racionar los misiles de largo alcance para saturar las defensas enemigas cuando sus sistemas antiaéreos se agoten. «No es falta de capacidad, es cálculo», explica un analista del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS).
Los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) han sido los más golpeados. Emiratos Árabes Unidos reportó 189 misiles y 941 drones en solo cuatro días. Aunque afirman interceptar el 93% de los proyectiles, el daño colateral es devastador: 7 muertos, 112 heridos y 3.400 vuelos cancelados. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo global, se ha convertido en un campo minado virtual.
El humo sobre Riad tras los ataques a la refinería de Aramco —la mayor del mundo— elevó los precios del crudo a US$142 por barril, su nivel más alto desde 2008.

La Guardia Revolucionaria iraní afirma controlar el estrecho de Ormuz, pero satélites comerciales muestran 12 buques mercantes detenidos por «inspecciones de seguridad».
El Golfo en jaque: expatriados huyen y monarquías se rearman
Dubái, que atrajo a 3,5 millones de expatriados con su estabilidad, ahora registra colas en aeropuertos. «El riesgo no son solo los misiles, sino los ciberataques a infraestructuras críticas», advierte un ejecutivo en Abu Dabi. Arabia Saudita, que inicialmente presionó a Trump para evitar la guerra, ahora evalúa unirse a los bombardeos. «Si EE.UU. se retira, nos quedamos solos frente a un Irán nuclear», declara un asesor del príncipe heredero Mohammed bin Salman.
La paradoja es clara: las monarquías del Golfo, que gastan US$150.000 millones anuales en defensa, carecen de un sistema integrado. Las tensiones internas —como el bloqueo a Qatar en 2017— han impedido una respuesta coordinada. «Tenemos los mejores aviones del mundo, pero no podemos comunicarnos entre nosotros en una crisis», reconoce un oficial emiráti.
EE.UU. e Israel: aliados con agendas opuestas
Donald Trump oscila entre la retórica belicista («liberaremos a Irán») y señales de apertura a negociaciones. Sus generales, en cambio, tienen objetivos precisos: neutralizar los misiles balísticos iraníes, hundir su flota y retrasar su programa nuclear 10 años. Hasta ahora, EE.UU. ha ejecutado 2.143 ataques aéreos y destruido 17 buques de guerra iraníes.
Israel, mientras tanto, ve en esta guerra una oportunidad para eliminar su mayor amenaza. Benjamin Netanyahu, con un 81% de apoyo a los ataques pero solo 38% de aprobación como líder, apuesta por una victoria contundente para asegurar su reelección en octubre. Sin embargo, sectores de la ultraderecha israelí exigen ir más allá: provocar un colapso interno en Irán, incluso al riesgo de una guerra civil. «Un Irán fracturado es mejor que un Irán nuclear», argumenta un legislador del partido Likud.
La divergencia es evidente: Washington teme que una escalada prolongada dispare el precio del petróleo a US$200 por barril; Tel Aviv prioriza la destrucción total de la capacidad militar iraní, aunque eso implique meses de combate.
Escenarios futuros: ¿negociación, colapso o guerra permanente?
Dentro de Irán, el debate es existencial. Los halcones, liderados por el CGRI, abogan por seguir el modelo norcoreano: desarrollar armas nucleares para garantizar la supervivencia del régimen. Los pragmáticos, en cambio, proponen negociar con Trump, aunque desconfían. «EE.UU. incumplió el acuerdo nuclear de 2015; ¿por qué confiar ahora?», pregunta un diplomático iraní en exilio.
Para las monarquías del Golfo, la guerra es un espejo: revelan ejércitos costosos pero ineficaces. «Gastamos fortunas en aviones F-35, pero no tenemos una cadena de mando unificada», admite un estratega saudí. La lección es clara: sin integración, el próximo conflicto podría ser aún más letal.
Israel, inmerso en su cuarta guerra desde el 7 de octubre de 2023, ve en este conflicto la chance de redefinir Oriente Medio. Pero el riesgo es alto: un alto el fuego prematuro dejaría a Irán debilitado pero vivo; una escalada prolongada podría arrastrar a actores como Rusia o China. Como en 1991, cuando la presencia estadounidense en Arabia Saudita radicalizó a Bin Laden, el final de esta guerra podría gestar la próxima amenaza.
El humo en Beirut, tras un ataque israelí a un depósito de Hezbolá, confirma la expansión del conflicto. Líbano, Siria e incluso Jordania reportan incidentes transfronterizos.
«Solo quiero un país normal», susurra Jasmine, una profesora iraní refugiada en Estambul. Mientras los tanques avanzan y los misiles cruzan el cielo, Oriente Medio entra en una era donde las reglas antiguas ya no aplican. La pregunta no es si habrá un ganador, sino qué quedará en pie cuando termine la batalla.







