Ali Khamenei: 35 años de poder en Irán con un legado de sangre y represión

Ali Khamenei durante un discurso en Irán, rodeado de fuerzas de seguridad, simbolizando 35 años de represión y control autoritario

Líder supremo: Ali Khamenei gobernó Irán con mano dura durante 35 años, hasta su muerte en un ataque coordinado por EE.UU. e Israel.

El rial iraní se desplomó en 2025, desencadenando protestas masivas en las 31 provincias del país. Khamenei, de 86 años, respondió con una orden letal: «aplastar el levantamiento por todos los medios». Las fuerzas de seguridad asesinaron al menos 7.000 personas, aunque activistas elevan la cifra a 36.500. Su amenaza inicial —advertir a los «alborotadores»— fracasó antes de escalar a la violencia.

Fin de una era: El 28 de febrero de 2026, bombardeos estadounidenses e israelíes impactaron objetivos clave en Irán. Esa noche, el presidente Donald Trump anunció la muerte de Khamenei, tachándolo de «excepcionalmente malvado». Teherán confirmó su asesinato horas después, cerrando un capítulo de represión y aislamiento.

De seminarista a dictador: el ascenso de un estratega frío

Khamenei superó en el poder a su mentor, el ayatolá Ruhollah Jomeini, quien lideró la Revolución Islámica de 1979. Nacido en una familia modesta del noreste de Irán, estudió en Qom, centro de erudición chiita, pero su curiosidad intelectual trascendió lo religioso: tradujo al farsi las obras del islamista egipcio Sayyid Qutb y confesó su admiración por «Los Miserables» de Victor Hugo. Testigos recuerdan sus debates con laicos y consumidores de opio en parques, una rareza para un clérigo.

Tras la revolución, escaló en el Ministerio de Defensa y la Guardia Revolucionaria. En 1981, un atentado lo dejó sin el uso de su brazo derecho, pero ese mismo año fue elegido presidente —un cargo ceremonial— con el respaldo de Jomeini. Cuatro años después, tras la muerte de su mentor, ascendió a líder supremo, pese a carecer de su carisma y credenciales religiosas. Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, mano derecha de Jomeini, impulsó su nombramiento creyendo que sería un títere. Se equivocó.

El arte de dividir para reinar

Khamenei carecía del carisma de Jomeini, pero compensó con astucia política. Aunque era un clérigo de rango medio, emitió fatwas y enfrentó a las instituciones iraníes entre sí: ejército vs. Guardia Revolucionaria, presidente vs. parlamento (Majlis). Cada conflicto terminaba en su despacho, donde decidía el vencedor. A diferencia de los presidentes —limitados a dos mandatos—, los líderes supremos gobiernan de por vida, lo que le permitió acumular poder de forma metódica.

Controló el Consejo de Guardianes, que filtra candidatos electorales, y neutralizó a moderados como Mohamed Jatamí (presidente de 1997 a 2005). Su red de apparatchiks se extendió por todo el gobierno, mientras el Basich —un grupo paramilitar de un millón de miembros— impuso la disciplina ideológica. Su oficina se convirtió en un estado dentro del Estado.

Un imperio económico oculto tras la austeridad

A pesar de su imagen de asceta, Khamenei manejaba miles de millones. Tras asumir el poder, tomó el control de las bonyads, fundaciones religiosas que, en teoría, ofrecen servicios sociales. En la práctica, dominan sectores como la construcción y la minería, beneficiándose de exenciones fiscales y sanciones internacionales que ahuyentan a competidores extranjeros. Estas entidades ganan contratos estatales sin transparencia, consolidando su poder económico.

Su estilo de gobierno fue distante: rara vez viajaba al extranjero y minimizaba sus apariciones públicas. En sus últimos años, su salud se deterioró —sometido a múltiples cirugías—, pero mantuvo un control férreo. Durante las protestas de 2025, los manifestantes coreaban «muerte a Khamenei», desafiando a sus fuerzas represivas. Su respuesta fue la masacre que marcó el ocaso de su régimen.

«El hombre que aisló a Irán del mundo, arruinó su economía y ordenó matar a miles por disentir, ya no está». Su legado: un país sumido en crisis, con una población que celebró su muerte en las calles.

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