Crisis histórica: Hezbollah, el grupo armado chií respaldado por Irán, enfrenta su peor momento tras la muerte de su líder Hassan Nasrallah en septiembre de 2024.
El cuerpo de Hassan Nasrallah, líder histórico de Hezbollah, fue recuperado bajo 27 metros de escombros en los suburbios del sur de Beirut tras un ataque aéreo israelí. Su muerte —ya sea por el bombardeo o asfixia en su búnker— expuso la fragilidad de un movimiento que durante cuatro décadas dominó el Líbano y actuó como el brazo armado más poderoso de Irán en la región.
Presión militar y financiera sin precedentes
Hezbollah, encargado de disuadir a Israel y proyectar el poder iraní, sufre un debilitamiento acelerado. Sus fuentes de financiación se han desplomado: el derrocamiento de Nicolás Maduro en Venezuela cortó una red de narcotráfico, petróleo ilícito y lavado de dinero que fluía hacia el grupo. En 2022, Irán y Venezuela firmaron un acuerdo de cooperación por 20 años, pero la caída de Maduro dejó a Hezbollah sin uno de sus mayores aliados económicos.
Los ataques israelíes han mermado su infraestructura. Hezbollah perdió el control del aeropuerto de Beirut, clave para el transporte de armas y dinero desde Irán. La caída de Bashar al-Assad en Siria en 2024 interrumpió rutas de reabastecimiento, mientras que asesinatos selectivos —como el del comandante Haytham Tabtabai en noviembre— han diezmado su liderazgo. Los altos mandos, envejecidos y enfermos, evitan reuniones por temor a ser blanco de Israel.
El colapso de su hegemonía política
La influencia de Hezbollah en el Líbano se erosiona. El presidente Joseph Aoun ha calificado las armas fuera del control estatal como una «carga» para el país, en una clara referencia al arsenal del grupo. El tabú sobre su desarme se ha roto: programas de televisión debaten abiertamente su futuro, algo impensable hace unos años.
El resentimiento crece incluso entre su base chií. En el sur del Líbano, donde Hezbollah prometió reconstrucción tras la guerra de 2024, los pueblos siguen en ruinas. Una mujer cristiana recibió un cheque del grupo, pero este rebotó al intentar cobrarlo en al-Qard al-Hassan, su red financiera. «Los libaneses no están interesados en liberar Palestina», afirma un empresario chií. «Que lo hagan los iraníes».
Irán aprieta el control
La respuesta de Teherán ha sido reforzar su dominio. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ahora toma decisiones clave sobre armas y estrategia, eliminando la autonomía que Hezbollah disfrutó bajo Nasrallah. Irán sigue pagando salarios a los combatientes, pero ha recortado fondos para reconstrucción y asistencia social. Su prioridad es mantener la capacidad de amenazar a Israel, no reparar el Líbano.
Esta dependencia agudiza las tensiones. Hezbollah, reducido a un instrumento de Irán, pierde apoyo interno. Sin embargo, el grupo se adapta: estudia las tácticas de Hamas en Gaza, reactiva rutas de contrabando en Siria y fortalece una red de túneles en el valle de la Bekaa. Aunque cedió territorio al sur del río Litani —permitiendo el despliegue del ejército libanés—, en otras zonas consolida su presencia.
¿Un futuro sin armas?
La ambigüedad es su estrategia. Hezbollah no se desarma, pero evita un conflicto abierto con el Estado libanés. «Las armas son el corazón de Hezbollah», afirma el activista chií Ali al-Amin. Sin ellas, perdería su razón de ser. Expertos como Lina Khatib, de ExTrac, aseguran que el grupo no se desarmará mientras Irán exista. «Para ellos, Irán es Dios, y Dios no puede morir», resume un observador en Beirut.
Pero las convulsiones en Irán —y la creciente presión internacional— dejan su futuro en duda. Hezbollah ya no es el actor invencible de antaño, pero su capacidad de adaptación y el respaldo iraní lo mantienen como una fuerza clave en Medio Oriente. Su declive, sin embargo, es innegable.







