Cuba sin reservas de petróleo: apagones de 22 horas y crisis energética extrema

Calles oscuras en La Habana durante un apagón de 22 horas por la escasez total de petróleo y diésel en Cuba

Crisis sin precedentes: Cuba enfrenta el colapso total de sus reservas de combustible, con apagones récord y un verano que amenaza con agravar la emergencia.

El Gobierno cubano reconoció oficialmente que sus reservas de fueloil y diésel están agotadas, una situación que ha desatado apagones de hasta 22 horas diarias en varias regiones del país. La advertencia llegó directamente desde el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, quien confirmó durante una comparecencia pública: «No tenemos absolutamente nada de fueloil, absolutamente nada de diésel».

El funcionario alertó que, incluso cuando se logra restablecer el servicio eléctrico, en algunas zonas la electricidad solo permanece activa durante 90 minutos antes de un nuevo corte. La crisis, según las autoridades, se intensificará en los próximos meses, coincidiendo con el aumento del consumo energético por las altas temperaturas del verano.

El origen de la emergencia: ruptura de suministros clave

La escasez actual tiene su raíz en la suspensión total de los envíos de petróleo desde Venezuela a principios de 2024, un golpe crítico para la isla, que dependía en gran medida de ese suministro. Aunque Cuba recibió 100,000 toneladas de petróleo desde Rusia en mayo —un cargamento que alivió temporalmente la situación—, esas reservas ya se consumieron por completo, según confirmaron fuentes oficiales.

El presidente Miguel Díaz-Canel describió el panorama como «particularmente tenso» y culpó directamente a Estados Unidos por el agravamiento de la crisis, en referencia al endurecimiento de las sanciones económicas. Sin embargo, el mandatario no detalló qué medidas concretas tomará el Gobierno para mitigar el desabastecimiento en el corto plazo.

EE.UU. ofrece ayuda humanitaria: ¿cooperación o tensión política?

En medio del colapso energético, Cuba anunció este jueves que está dispuesta a analizar una propuesta de ayuda humanitaria valorada en $100 millones, presentada por el Gobierno de Estados Unidos. El canciller Bruno Rodríguez Parrilla precisó que la oferta incluye asistencia en combustibles, alimentos y medicinas, aunque exigió que su implementación esté «libre de maniobras políticas».

Rodríguez advirtió que La Habana no permitirá que la crisis sea utilizada como «herramienta de presión» por parte de Washington. Por su lado, Díaz-Canel reiteró que, si la intención es «genuinamente humanitaria», el Gobierno cubano no pondrá obstáculos para recibir los recursos. Según el Departamento de Estado estadounidense, la distribución se realizaría a través de la Iglesia Católica y organizaciones independientes, un detalle que podría generar roces con las autoridades de la isla.

Mientras las negociaciones avanzan —o se estancan—, los cubanos enfrentan la peor crisis energética en décadas, con un sistema eléctrico al borde del colapso y sin soluciones inmediatas a la vista. ¿Podrá la isla superar este verano sin un suministro estable de electricidad?

Cuba y el dilema energético: ¿Por qué la isla no apuesta por alternativas renovables a gran escala?

Mientras Cuba enfrenta el colapso de su sistema eléctrico por la falta de combustibles fósiles, surge una pregunta incómoda: ¿Por qué un país con alto potencial en energías limpias —viento, sol y biomasa— sigue anclado a un modelo dependiente del petróleo? La respuesta no es técnica, sino histórica y política. Desde los años 60, la isla priorizó acuerdos con la URSS primero y Venezuela después para recibir petróleo a cambio de servicios médicos y técnicos, un trueque que desincentivó inversiones en infraestructura energética propia. Incluso hoy, menos del 5% de la electricidad cubana proviene de fuentes renovables, según datos de la Unión Eléctrica Nacional (UNE), a pesar de que estudios de la CEPAL señalan que la isla podría cubrir hasta un 20% de su demanda con solar y eólica en menos de una década.

El problema no es la falta de proyectos piloto: Cuba tiene 19 parques solares fotovoltaicos y un incipiente parque eólico en Gibara, Holguín. Pero estos operan a escala reducida y con tecnología obsoleta, en parte por las restricciones financieras y el bloqueo, pero también por la burocracia estatal que frena la inversión extranjera directa. Empresas europeas como Siemens Gamesa han mostrado interés en desarrollar megaproyectos eólicos, pero las negociaciones se estancan en exigencias como que el Estado cubano mantenga el 51% del capital —un modelo que ahuyenta a los inversores. Mientras, países con condiciones similares, como Jamaica o República Dominicana, ya generan entre el 12% y el 18% de su energía con renovables, atraídos por marcos legales más flexibles.

  • Potencial sin explotar: Cuba tiene un factor de capacidad solar del 19% (superior al de Alemania), pero solo 220 MW instalados frente a los 1,500 MW posibles en cinco años.
  • Biomasa estancada: Con una industria azucarera en declive, los residuos de caña (bagazo) podrían generar 700 MW, pero las plantas existentes operan al 30% de su capacidad por falta de mantenimiento.
  • Dependencia crónica: El 96% de la electricidad aún depende de termoeléctricas ineficientes, que consumen un 30% más de combustible que el promedio regional, según la OLADE.

El costo de la inacción: ¿Hacia un verano de protestas?

La resistencia a diversificar la matriz energética tiene un precio social. En 2022, las protestas masivas en Matanzas y La Habana estuvieron precedidas por apagones de 12 horas; ahora, con cortes que duplican esa duración, el riesgo de malestar es mayor. Analistas como Paulo Spadoni (Universidad de Augusta) advierten que, sin soluciones rápidas, la crisis energética podría convertirse en el detonante de una nueva ola de migración masiva, similar a la de 2021, cuando más de 140,000 cubanos llegaron a EE.UU. por la frontera sur. El Gobierno apuesta por ayuda externa —ya sea de Rusia, México o incluso EE.UU.—, pero esa estrategia choca con una realidad: ningún socorro temporal resolverá la vulnerabilidad estructural de un sistema que, sin reformas profundas, seguirá al borde del colapso cada verano.

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