Bajo el Ártico helado: Un fotógrafo documentó un inquietante cementerio de ballenas minke atrapadas bajo el hielo de Groenlandia, donde deberían estar nutriendo ecosistemas profundos.
Si hubieran muerto de forma natural, sus cuerpos descansarían a miles de metros de profundidad, alimentando vida en las fosas abisales. Pero en el este de Groenlandia, los esqueletos de al menos 20 ejemplares yacen a solo 5 metros bajo la superficie, en un escenario que los científicos describen como un «desierto nutricional». Las imágenes, capturadas por el fotógrafo submarino Alex Dawson, revelan un impacto ecológico invisible: cada ballena que no se hunde priva al océano de un «oasis de biodiversidad» que podría sostener especies durante décadas.
El viaje hasta el lugar fue una odisea. Dawson y su equipo —seis buzos con equipos completos, cámaras, taladros y provisiones— avanzaron durante una hora entre vientos helados a -20°C, arrastrando un trineo cargado sobre la banquisa. «Caminar sin raquetas de nieve hacía que el hielo cediera bajo nuestros pies», relata. «El agua helada te llegaba hasta las rodillas en cada paso». Tras horas de perforar manualmente casi un metro de hielo, lograron abrir un agujero triangular, su única vía de acceso al océano.
El orificio apenas permitía el paso de un buzo. Dawson, equipado con traje seco, capucha y guantes térmicos, fue el primero en descender. «No se ve nada, solo un abismo negro. Sientes que algo te observa desde las sombras«, confiesa. Al adaptarse su vista a la penumbra, el panorama se reveló: «¡Huesos por todos lados!«. Los restos de las ballenas minke, iluminados por una luz azulada, formaban una fosa colectiva a poca profundidad, donde las corrientes y el hielo los habían atrapado.
El papel clave de las ballenas después de morir
En condiciones naturales, los cadáveres de ballena —los mayores aportes orgánicos del planeta— se hunden hasta 4.000 metros o más, creando ecosistemas que perduran décadas. «Son como islas de nutrientes en un desierto», explica Greg Rouse, curador del Scripps Institution of Oceanography. Tras la muerte, el cuerpo se infla por gases y flota temporalmente, atrayendo a aves y tiburones. Luego, se hunde en etapas: primero a la zona lumínica (hasta 200 m), luego a la crepuscular (hasta 1.000 m), y finalmente al abismo, donde 407 especies pueden habitar un solo esqueleto.
El récord de profundidad lo tiene una ballena minke antártica, hallada a 4.204 metros en el Atlántico sur. Tras una década en el fondo, solo quedaban nueve vértebras de su cola, pero alrededor prosperaban cangrejos, caracoles y 41 especies —la mayoría nuevas para la ciencia—. «Los huesos liberan azufre y lípidos que enriquecen el sedimento, atrayendo bacterias quimiosintéticas y organismos de respiraderos hidrotermales», detalla Adrian Glover, ecólogo del Natural History Museum. Incluso gusanos como el Osedax —»devoradores de huesos»— dependen de estos restos.
La caza industrial que robó nutrientes al océano
En el siglo XX, la caza ballenera industrial exterminó a 3 millones de ejemplares, la mayor matanza de biomasa en la historia, según Nature. Los cuerpos, desollados y abandonados en aguas someras, nunca llegaron a las profundidades. «Probablemente haya muchos menos esqueletos en el fondo marino que antes», advierte Rouse. «Aún vivimos en una época de poblaciones balleneras históricamente bajas».
En Tasiilaq (Groenlandia oriental), donde Dawson tomó sus fotos, la caza de subsistencia está permitida. Las familias locales arrastran las capturas a las flenseplassen (zonas de despiece), extraen la grasa y la carne, y dejan los huesos, que la marea devuelve al mar. Aunque las ballenas minke se consideran abundantes (se cazan unas 9 al año en la región), cada esqueleto varado representa un ecosistema profundo que nunca se formará. «¿Qué especies se extinguieron antes de que las descubriéramos?», se pregunta Rouse. «Nunca lo sabremos».
Un buceo al límite: frío, miedo y un premio inesperado
Las condiciones bajo la banquisa son letales. Dawson sintió que el frío «le desgarraba la cara«, incluso con traje seco. La apneísta Anna Von Boetticher, que lo acompañó, usó solo un neopreno de 5 mm y resistía 45 segundos antes de emerger por aire. «La marea subía y el hielo crujía como explosiones», recuerda Dawson. «Si el agujero se cerraba, estaría perdido: abrir otro tomaría más de una hora».
Arriesgó su vida por las fotos. «Concéntrate en la imagen; todo saldrá bien«, se repitió. El resultado, «Huesos de ballena«, le valió el premio Fotógrafo Subacuático del Año 2024. Pero más allá del reconocimiento, sus imágenes exponen una paradoja: mientras Groenlandia depende de la caza para sobrevivir, el océano pierde nutrientes irreemplazables. «Cada ballena que no se hunde es un ecosistema que el abismo nunca conocerá», sentencia.








