Alerta climática: Colombia enfrenta un escenario de riesgo con El Niño a la vuelta de la esquina, mientras sus embalses, al 70% de capacidad, buscan alcanzar un colchón crítico del 80% para evitar una crisis energética.
El sector eléctrico colombiano ha activado un plan de contingencia sin precedentes. Las lluvias recientes han permitido que los embalses superen el 70% de su capacidad, un alivio temporal en medio de las advertencias por un fenómeno de El Niño de alta intensidad. Sin embargo, las autoridades no bajan la guardia: el objetivo ahora es alcanzar el 80%, una meta que, según expertos como el profesor Sergio Cabrales, actuaría como «seguro» ante la posible escasez hídrica que traería consigo el fenómeno climático.
Lo que emerge de esta estrategia es una carrera contra el tiempo. El Niño no solo amenaza con reducir los aportes hídricos, sino que podría alterar el equilibrio entre la generación hidroeléctrica —que representa cerca del 70% de la matriz energética del país— y la demanda creciente de electricidad. En este contexto, cada punto porcentual en los embalses cuenta.
Plantas térmicas: el respaldo estratégico (y costoso)
El aumento de los niveles en los embalses no ha sido casual. Detrás está un esfuerzo coordinado para optimizar el uso de las plantas térmicas, que han asumido un rol protagónico en la generación de energía. Según el análisis de Cabrales, las plantas a gas natural operan entre el 35% y 50% de su capacidad, mientras que las de carbón lo hacen entre el 60% y 80%. Esta distribución no solo alivia la presión sobre los recursos hídricos, sino que también expone una dependencia temporal de fuentes más costosas y contaminantes.
Desde una perspectiva operativa, esta estrategia revela un dilema: priorizar la seguridad energética a corto plazo —incluso con mayores emisiones— o arriesgarse a desabastecimientos si El Niño golpea con fuerza. La decisión, aunque pragmática, subraya la urgencia de diversificar la matriz energética colombiana en el mediano plazo.
El Niño: de probable a casi seguro
Las proyecciones del Ideam son contundentes. La probabilidad de que El Niño se consolide entre mayo y julio ha escalado del 62% al 82%, una cifra que, hacia finales de 2026, podría rozar el 96%. Pero más allá de los porcentajes, lo que preocupa son los efectos en cascada: reducción de lluvias, aumento de temperaturas y, en consecuencia, menor capacidad de generación hidroeléctrica.
Las señales ya están aquí. Regiones como el Caribe e Insular registran olas de calor sin precedentes. Valledupar alcanzó los 38,4°C, Santa Marta los 37,2°C, y San Andrés rompió su récord histórico de temperatura máxima. Estos datos no son anecdóticos: son el preludio de un patrón climático que podría agravarse en los próximos meses, poniendo a prueba la resiliencia del sistema eléctrico.
¿Qué pasa si no se llega al 80%?
La pregunta que planea sobre las autoridades es qué sucedería si los embalses no logran el umbral deseado. Un escenario con reservas por debajo del 80% aumentaría el riesgo de racionamientos, especialmente en zonas rurales o con menor capacidad de respuesta. Además, la dependencia de las térmicas se volvería insostenible, tanto por costos como por impacto ambiental.
Analizando el contexto, lo que está en juego no es solo la disponibilidad de energía, sino la estabilidad económica. Sectores como la industria y el comercio —motores clave del PIB— podrían verse afectados por interrupciones en el suministro, mientras los hogares enfrentarían tarifas más altas en un momento de inflación persistente.
¿Logrará Colombia blindar su sistema eléctrico antes de que El Niño despliegue toda su fuerza?
El dilema energético y sus implicaciones socioeconómicas
La estrategia de Colombia para enfrentar El Niño no solo es un desafío técnico, sino un reflejo de las tensiones estructurales en su matriz energética. La dependencia del 70% en hidroeléctricas, combinada con la activación de plantas térmicas como solución temporal, expone una vulnerabilidad crítica: la necesidad de equilibrar seguridad energética, costos operativos y sostenibilidad ambiental en un contexto de crisis climática.
Desde una perspectiva económica, el aumento en el uso de térmicas —especialmente las de carbón— tiene un doble impacto. Por un lado, eleva los costos de generación, lo que eventualmente se traslada a las tarifas para usuarios residenciales e industriales. Esto podría agravar la presión inflacionaria en un país donde la energía es un insumo clave para sectores productivos. Por otro, profundiza la huella de carbono, un tema sensible en un momento en que Colombia busca posicionarse como líder regional en transición energética. La paradoja es clara: para evitar una crisis inmediata, el país podría comprometer sus metas de largo plazo.
El umbral del 80% en los embalses no es arbitrario: representa el punto en el que el sistema puede absorber un shock climático sin colapsar. Sin embargo, alcanzar esa meta depende de factores fuera del control humano, como la intensidad final de El Niño y la distribución geográfica de las lluvias. Lo que esto revela es una fragilidad sistémica: Colombia tiene capacidad de respuesta reactiva (como el uso de térmicas), pero carece de alternativas escalables para reducir su dependencia hidráulica en el corto plazo. La pregunta subyacente es si este episodio acelerará inversiones en energías renovables no convencionales o si, por el contrario, se normalizará la dependencia de soluciones de emergencia.
Otro aspecto crítico es el impacto regional desigual. Mientras zonas urbanas como Bogotá o Medellín podrían manejar racionamientos puntuales con menor disrupción, áreas rurales —especialmente en el Caribe y la región Insular— enfrentan riesgos mayores. Allí, la combinación de altas temperaturas, menor infraestructura de respaldo y economías más vulnerables podría exacerbar desigualdades. Las olas de calor récord en Valledupar o San Andrés no son solo datos climáticos; son señales de que la crisis energética tendrá un rostro humano, con consecuencias directas en salud pública, productividad agrícola y migración interna.
¿Hacia un modelo energético más resiliente?
El escenario actual obliga a replantear dos ejes estratégicos. Primero, la diversificación de la matriz: aunque las hidroeléctricas seguirán siendo centrales, el país necesita acelerar proyectos de energía solar, eólica y geotérmica para reducir su exposición a fenómenos como El Niño. Segundo, la gestión de la demanda, mediante incentivos para el uso eficiente de energía en industrias y hogares, especialmente en horas pico. Sin embargo, el verdadero test no será técnico, sino político: ¿habrá voluntad para priorizar inversiones en resiliencia climática cuando la atención mediática sobre El Niño disminuya? La respuesta definirá si Colombia aprende de esta alerta o repite el ciclo de improvisación ante crisis recurrentes.
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