Colmar: banquete gigante entre tradición y polémica política

Banquete gigante en Colmar con 3.500 comensales celebrando gastronomía alsaciana

Festín en Alsacia: Colmar acogió un banquete gigante de Le Canon Français con 3.500 comensales, donde la gastronomía local y el vino ilimitado chocan con acusaciones de exclusión y vínculos políticos.

La localidad alsaciana, famosa por su casco histórico medieval, se convirtió en el epicentro de un fenómeno que mezcla tradición culinaria y controversia. Organizado por Le Canon Français, el evento ofreció un menú de cuatro platos con productos locales, vino sin límite y horas de camaradería, todo por 81 euros.

El banquete que divide a Francia

Tres mil quinientos alsacianos compartieron mesas largas en un hangar, degustando bandejas de embutidos, chucrut, quesos de Alsacia y el tradicional pastel kougelhopf. Entre plato y plato, los comensales —muchos con boinas, tirantes o el traje tradicional alsaciano— rompían a cantar canciones clásicas de Michel Delpech o Joe Dassin, creando un ambiente festivo y nostálgico.

Asistentes en el banquete de Colmar con trajes tradicionales alsacianos
De vez en cuando, los comensales dejan los cubiertos y se unen al canto.
Crédito: BBC News | Cortesía

Bandejas de chucrut y embutidos servidas en el evento

Desde una perspectiva social, lo que emerge es un choque entre dos visiones de Francia: una que celebra la convivencia tradicional y otra que denuncia su posible derivación hacia la exclusión. La pregunta es si estos eventos son un simple homenaje a la herencia local o un reflejo de tensiones políticas más profundas.

Las acusaciones de Francia Insumisa

El partido de izquierda radical Francia Insumisa (LFI) ha sido el principal detractor. Emma Fourreau, eurodiputada de LFI, acusa a los organizadores de fomentar un ambiente excluyente al incluir carne de cerdo en el menú —lo que afectaría a musulmanes y vegetarianos— y de permitir cánticos racistas. Además, señalan la participación financiera de Pierre-Edouard Stérin, un empresario ultraconservador vinculado a planteamientos derechistas como restringir la inmigración o promover la herencia cristiana de Francia.

«Si hubieran actuado de buena fe, Le Canon Français nunca habría aceptado a Stérin como inversor. Pero lo hicieron: aceptaron su dinero. Y eso se debe a que comparten el mismo ecosistema político, cuyo objetivo es llevar a la extrema derecha al poder», afirma Fourreau.

Analizando el contexto, la polémica trasciende lo gastronómico: se trata de un debate sobre quién define la identidad francesa y qué tradiciones son aceptables en una sociedad cada vez más diversa.

El ambiente dentro del hangar: tradición y desconexión política

Interior del hangar con mesas largas y comensales celebrando
Las boinas son una especie de uniforme en los banquetes, que incluyen cuatro platos de gastronomía local.
Crédito: BBC News | Cortesía

Dentro del evento, el ambiente era de celebración. Los asistentes, predominantemente jóvenes entre 20 y 30 años, evitaban hablar de política. «Venimos por el ambiente, los amigos, el alcohol y la comida», repetían. Para ellos, las acusaciones de LFI son exageradas, especialmente tras la entrada de Stérin como accionista. «Nada de esto era un problema hasta que se convirtió en una excusa para atacar», señalaba Quentin, un asistente de Besançon.

La BBC, presente en el banquete de Colmar, no observó comportamientos ofensivos. Sin embargo, el debate sigue abierto: ¿puede un evento que celebra la tradición ser neutral en un contexto de polarización política?

Los orígenes de Le Canon Français

La empresa nació de la iniciativa de dos emprendedores, Pierre-Alexandre de Boisse y Géraud de la Tour, quienes comenzaron vendiendo vino online para ayudar a un viticultor durante la pandemia. El éxito los llevó a organizar eventos benéficos y, finalmente, los banquetes gigantes.

De Boisse defiende que su proyecto recupera una tradición francesa antigua: los banquets républicains de la Revolución Francesa o los banquets populaires que unían a las comunidades. «Hoy la gente pasa demasiado tiempo sola. Lo más gratificante es ver al abogado hablando con el panadero», explica.

Lo que esto revela es un anhelo por reconectar con formas de socialización previas a la era digital, aunque el método elegido no esté exento de críticas.

La defensa frente a las críticas

De Boisse rechaza las acusaciones de LFI. «No controlamos lo que piensa cada asistente, pero nuestras normas son claras y todos las aceptan al comprar la entrada», argumenta. También niega que el menú se limite a carne de cerdo, aunque reconoce que la charcutería es parte esencial de la tradición rural francesa.

Sobre el presunto saludo nazi en un banquete anterior, asegura que fue un malentendido. Respecto a Stérin, aclara que el inversionista adquirió un 30% de la empresa por su rentabilidad, sin que existiera una relación personal previa.

¿Es posible separar el negocio de la ideología cuando el dinero proviene de sectores con agendas políticas claras?

«Una caricatura» y el debate identitario

Para Fourreau, estos banquetes son «retrógrados y una caricatura» que no representan a la Francia moderna. LFI ha logrado que algunas autoridades locales, como las de Quimper, prohíban los eventos. En Caen, la policía investiga acusaciones de provocación racial.

De Boisse no niega que su público pueda inclinarse hacia la derecha, pero se pregunta: «¿Por qué nos atacan? Creo empleos, creo felicidad. A ellos no les gustan mis socios, ni los asistentes, ni mi nombre… ¿Por qué no nos dejan en paz?».

El conflicto refleja una lucha más amplia en Francia entre tradición culinaria, identidad y exclusión. Mientras unos ven en estos banquetes una celebración de la herencia local, otros los interpretan como un símbolo de actitudes xenófobas en auge.

¿Puede la gastronomía ser un espacio neutral en un país dividido?

El banquete como espejo de la fractura identitaria francesa

El evento de Colmar trasciende lo gastronómico para convertirse en un termómetro de las tensiones que recorren la sociedad francesa, donde la tradición se enfrenta a la diversidad en un contexto de polarización política creciente.

Desde una perspectiva sociocultural, lo que emerge es la capacidad de estos banquetes para activar debates latentes. La elección de un menú centrado en productos locales —y su posible exclusión de grupos con restricciones alimentarias— no es casual: refleja una visión de la identidad francesa anclada en lo rural y lo histórico, que choca con una realidad urbana y multicultural. La presencia de Stérin como inversor añade una capa adicional: el dinero no es neutral cuando proviene de actores con agendas políticas definidas, y su participación obliga a replantear si el evento puede mantenerse al margen de estas dinámicas.

La defensa de los organizadores, centrada en la neutralidad de las normas y la celebración de la convivencia, topa con una crítica estructural: en un país donde el debate sobre la laicidad y la integración es constante, incluso los gestos aparentemente inocuos —como un menú o un cántico— adquieren significados políticos. La pregunta no es solo si el banquete excluye, sino si, al celebrar una tradición concreta, invisibiliza a quienes no se sienten representados por ella.

¿Tradición o instrumentalización?

El verdadero desafío para Le Canon Français no es demostrar que sus eventos son apolíticos, sino gestionar la percepción de que, en un contexto de división, cualquier celebración de la identidad puede ser leída como un acto de exclusión. La gastronomía, en este caso, deja de ser un fin para convertirse en un campo de batalla simbólico.

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