Adiós a un ícono: Nueva York vibró con trombones y salsa al despedir a Willie Colón en San Patricio.
El trombonista, compositor y productor Willie Colón, leyenda de la Fania All-Stars y arquitecto del sonido neoyorquino, recibió este lunes un homenaje multitudinario en la catedral de San Patricio. Cientos de seguidores —desde octogenarios hasta jóvenes— se congregaron para celebrar su vida, mientras una banda de trombones interpretaba «La murga de Panamá» (1970), el tema que grabó con Héctor Lavoe y que hoy sonó como himno de despedida. El ataúd salió entre aplausos, bailes espontáneos y el eco de «¡Willie, presente!» que resonó en la Quinta Avenida.
Un legado que cruzó océanos con trombones y claves
Banderas de Puerto Rico, Ecuador, Colombia y República Dominicana ondeaban entre la multitud, simbolizando el impacto global de Colón. Los presentes coreaban «Che Che Colé» —del álbum «Cosa Nuestra» (1969)— mientras sonaba «Idilio», joya de «Hecho en Puerto Rico» (1993). «Su música nos unió a todos, sin importar de dónde veníamos», gritó un fan entre lágrimas.
Ángela Lebrón (80 años), con una bandera puertorriqueña en la mano, recordó: «Él llevó el nombre de Borinquen a cada rincón. Hoy se va un gigante». Junto a ella, Emilia, una ecuatoriana que faltó a su trabajo, bailaba al ritmo de los trombones: «En mi país, sus canciones son himnos. ¿Cómo no venir?».
Nacido como William Anthony Colón Román en el Bronx (1950), su carrera despegó a los 15 años con su primer contrato discográfico. Dos años después, lanzó su álbum debut. Su influencia no solo transformó la salsa, sino que abrió puertas a artistas latinoamericanos en EE.UU. «Sin Willie, la música latina no sería la misma», declaró un trombonista presente, quien viajó desde Chicago para tocar en el homenaje.
Decenas de músicos respondieron al llamado para tocar en vivo durante el funeral. Los trombones, instrumentados en formación, recrearon sus riffs más famosos mientras el féretro avanzaba. «Esto no es un adiós, es un «hasta siempre» con música», dijo un saxofonista entre el público.
Una misa bilingüe entre el dolor y la celebración
El obispo Joseph Espaillat (de origen dominicano) ofició la ceremonia en inglés y español, destacando la fe y el activismo de Colón. El ataúd, escoltado por alguaciles del condado de Westchester —donde el artista vivió y sirvió como teniente sheriff—, avanzó entre ovaciones. «Era un servidor público tanto como un genio musical», recordó un oficial.
Sus hijos, Diego y Alejandro Miguel Colón, emocionados hasta las lágrimas, revelaron un deseo póstumo de su padre: «Soñó con este funeral en San Patricio. Hoy lo cumplimos«, afirmó Alejandro, mientras la multitud coreaba «¡Sí se pudo!». El obispo Espaillat, confeso amante de la salsa, compartió una anécdota familiar: «Mi padre decía: «Ese trombón no tiene comparación». Y tenía razón». Cerró la homilía citando «El día de mi suerte» (Colón-Lavoe): «Pronto llegará el día de mi suerte… antes de mi muerte, mi suerte cambiará».
Fuera de la catedral, un grupo de jóvenes improvisó un «descarga» con sus temas. «Aquí no hay llorar, hay que bailar», gritó uno, mientras el ritmo de «El cantante» (1978) envolvía la escena. La pregunta flotaba en el aire: ¿Habrá otro artista capaz de unir a Latinoamérica con solo tres notas de trombón?
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