Falsa opulencia: Gran Bretaña vive atrapada entre las expectativas de un país rico y los recursos de uno mucho más pobre.
El sistema político británico arrastra una dolencia crónica: la afluenza. Desde los años 60, cuando fue etiquetado como «el enfermo de Europa», hasta la década de 1970 —con su «enfermedad británica» de estancamiento y sindicatos radicales—, el país ha oscilado entre crisis y autocomplacencia. Hoy, la variante moderna de este mal combina las obligaciones de una potencia económica con los ingresos de una nación que sobreestima su riqueza.
La renta per cápita de Gran Bretaña es inferior a la de sus vecinos europeos, pero el discurso político ignora este dato. La izquierda justifica promesas de gasto con el argumento de que el país es «la sexta economía más grande del mundo», una estadística que oculta su posición real: más pobre que Bélgica en ingresos por habitante. La comparación con India —ahora cuarta economía global— expone el absurdo: ¿debería Nueva Delhi duplicar su gasto social solo por su tamaño?
El Brexit: un síntoma de la opulencia imaginaria
La decisión de abandonar la UE fue un acto de imprudencia financiera, típico de quienes creen que el dinero puede resolver cualquier error. Las advertencias sobre el empobrecimiento post-Brexit se confirmaron, pero los votantes las ignoraron. Como escribió F. Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, la opulencia crea personas que «destrozan cosas y luego se refugian en su dinero». Gran Bretaña, fuera de la UE, es más pobre, pero no más feliz.
Promesas insostenibles: el triple bloqueo de las pensiones
El triple bloqueo —que garantiza aumentos anuales en las pensiones estatales según inflación, salarios o un 2,5% mínimo— es un ejemplo de gasto desenfrenado. Introducido en 2010, hoy la pensión asciende a 12.000 libras anuales (16.100 dólares). Para 2070, se proyecta que alcance 30.000 libras en valor actual, según el Centro para el Progreso Británico. Sus defensores lo llaman «el precio de una sociedad civilizada»; sus críticos, una bomba de tiempo fiscal.
Defensa y sanidad: cheques sin fondos
La afluenza también infecta la política de defensa. Mientras el gobierno promete aumentar el gasto militar al 3% del PIB, los recursos no alcanzan para cumplir obligaciones globales. Un portaaviones británico navega por el estrecho de Singapur, pero en Europa estallan guerras terrestres y Rusia sabotea cables submarinos en el mar del Norte. La sanidad no escapa a este patrón: el escándalo de la sangre contaminada —que infectó a 30.000 personas con hepatitis C y VIH— costará 12.000 millones de libras en indemnizaciones. ¿Cuál es el precio justo por contagiar a un niño con VIH? La respuesta es incómoda, pero Gran Bretaña prefiere ignorarla.
Infraestructura de lujo, presupuestos ajustados
Los costes de construcción en Gran Bretaña son de los más altos del mundo. El caso del HS2 —la línea ferroviaria de alta velocidad entre Londres y Birmingham— ilustra el despilfarro. Un túnel de 1 km para proteger a murciélagos costó 120 millones de libras. Otros 16 km de túneles se excavaron para evitar molestar a votantes conservadores, sumando miles de millones en gastos. Un gobierno que prometía reducir el déficit firmó obligaciones faraónicas por razones estéticas.
Trucos contables y mandatos sin financiación
Para ocultar la realidad, el gobierno recurre a mandatos sin financiación: promesas de gasto que otras instituciones deben pagar. El cuidado de personas con demencia, por ejemplo, se ordena sin asignar fondos. El resultado son calles descuidadas y votantes que culpan al «despilfarro» en lugar de reconocer la falta de recursos. La afluenza hace que sea más fácil creer en el derroche que en la escasez.
¿Hay cura para la afluenza?
Los partidos británicos evitan el diagnóstico honesto. La derecha no especifica qué recortaría; la izquierda insiste en que el gasto puede aumentar sin subir impuestos. Mientras tanto, la deuda pública supera el 96% del PIB. La única medicina efectiva sería admitir la enfermedad: Gran Bretaña no es tan rica como cree. Hasta entonces, la fiebre de la opulencia imaginaria seguirá consumiendo al país.








